Me deleito con el eterno instante ¡Mozambique! Por Itxaso Tellería

Doy a parar con mis huesos en un lar rebosante de frutales: papayeras, aguacateras, mafureras, masaleras, mangueras y limoneros se abren paso en la frondosa floresta que lanza firmes promesas de prosperidad. Tierra de la avellana, el arroz y la mandioca, con una leveza casi ingrávida desfilan por la cuneta embarrada mil y un cuerpos esculpidos en roca.
Elegancia natural, ruda y esbelta empapada en sudor matutino. El aroma de una mazorca asada. Cabezas que caminan debajo de cestos de pan, niños que chupan cañas de azúcar mientras corretean detrás de sus carrinhas de alambre y latas.
Quiero emborracharme de todo esto. Cierro los ojos y empujada por una profunda y sincera respiración coloco la imagen oxigenada en mi cerebro atónito. Me deleito con el eterno instante… ya estoy en Mozambique. Poco me lleva el darme cuenta que el espacio físico personal de cada cual con el que tan pudorosos somos los europeos en estas tierras se evapora, no existe, es un objetivo demasiado pretencioso.
El que las chapas (especie de minibuses que vertiginosamente se lanzan a los manglares asfaltados cosidos a socavones rebeldes y cráteres malintencionados) tengan una capacidad máxima de 15 personas no es óbice para que 25 mozambiqueños hagan su camino a la gran urbe respirándose mutuamente los alientos, con un codo incrustado en la costilla y apoyando un solo pie en el suelo. Sin embargo, sonríen y eso es lo que cuenta.
Una señora le coloca bien el cuello de la camisa al caballero de enfrente y la abuelita de atrás se adormece y se despierta a cada bache aprovechando ese minuto hasta que vuelva a sonecar para preparar los siete meticales (moneda de Mozambique) recién sacados de una puntita de la capulana (tela de colores vivos muy representativa de la sociedad africana; adopta diferentes nombres como canga o percal, según el país). El cobrador no ha de tardar en pedírselos.
Tiempo, otra de las asignaturas cruciales a repasar. Hasta aterrizar aquí sólo conocía de la existencia del reloj, objeto de poca valía en la tierra del “estoy de camino” ¿acaso se lo creerán ellos cuando lo dicen? El reloj propone y el mozambiqueño dispone.
“¿Qué cuándo sale el minibús a Swazilandia? Pues no se niña, ¡cuando se llene!” Así, los habitantes, lejos de enervarse, tranquilos, pacientes, impasibles, ausentes de este planeta esperan en standby minutos, horas, ¡La vida! Algunos entrecierran los ojos mientras que otros fijan la mirada opaca en un punto que para ellos parece ser tan nítido como invisible para ti. Permanecen inmóviles, la mente toma alas.
Y la mía se distrae jugando a los adivinos con ellos (algún pasatiempos me tenía que inventar para evadirme de “mundo-caracol” y no dar pie a esa úlcera estomacal que estoy segura a todo occidental acecha cuando nos toca pisar el freno y lidiar con la agenda africana de “sólo una cosa por día”).
¿En qué pensarán? En las conversaciones que cruzamos infiero deducciones que me descuadran.  Estando a nada sujetos, inertes, dependientes del aire que decida soplar, en lugar de apostar por asegurar un cimiento sólido, una casa decente, tierras a cultivar, un naranjo en la puerta… los ojos se les hacen chiribita con este coche o aquel i-pod. Viven en las telenovelas latinoamericanas que les vomita cada tarde la televisión, sumidos en mundos de imposibles mansiones y etiquetas bañadas en plata.
Los pocos que consiguen subir un peldaño, o dos, o diez, quieren más. La codicia les apodrece el interior y con un despotismo que parece inhalado de aquel que años atrás hizo a su bisabuelo trabajar hasta sangrar por los callos, esputa sobre los que fueron sus compañeros de lucha y, sin dignarse a mirar para abajo, aplastarán con sus mocasines de Gucci todo aquello que deban aplastar para colonizar un nuevo escalón.
Mientras, allí abajo, el ciudadano de a pie se acomoda a la sombra de la barraca más cercana ingiriendo el preciado tesoro dorado, bien fresquito y espumoso; el correctivo perfecto para subsanar su desdichado azar. Llegará a casa avinagrado y envalentonado. Vaciará a plastazos que estallan en la cara de la mujer la asoladora frustración que le carcome los intestinos.
Devorará el plato de arroz de hoja de calabaza que le espera en la mesa y, mientras la esposa se limpia cada arañazo que supura rabia e impotencia, despreocupado dormitará en la cama conyugal emanando un repulsivo hedor a rendición.
Las niñas hace tiempo que dejaron de buscar la infancia que una mano furtiva súbitamente les robó. Están demasiado ocupadas desgranando el maíz para después molerlo. Hoy, también hoy, cocinan (y limpian y se encargan del hermano pequeño) ellas. Es increíble cuánto puede afectar el que los primeros hijos sean varón o hembra. Si son mujeres, “las casarán” rápidamente para cobrar el lobolo y con ese dinero (o vacas, según el caso) podrán costear los estudios de los chicos. Si es al revés, están condenados a un futuro mucho menos optimista.
Y finalmente la mujer, llave maestra de este complejo engranaje. Hileras de capulanas con bebé en la espalda abandonan las payotas de paja y matope al alba y vuelven con el efervescente cantar de las ranas y los grillos, que con grande empeño compiten por protagonizar la banda sonora de la noche africana.
Con un suave caminar etéreo colorean la Savana mozambiqueña con buen gusto y finura. Sin ellas saberlo, le dan sentido al vaivén de los días que desorientados flotan a la deriva y se van atropellando unos con otros en un país convaleciente.
Itxaso Telleria Mugarra

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