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“Mozambique aúlla y se relame las heridas” Por Itxaso Tellería Mugarra

Mozambique aúlla y se relame las heridas aún sangrantes cada noche, cuando el estuoso sol deja espacio a la oscuridad, a la memoria, a la lamentación, a la lágrima que cae al suelo. La brisa envenenada que se cuela por entre las rendijas trae el olor putrefacto del cuerpo templado de las víctimas, si no a las narinas, a la conciencia.
1992 está demasiado cerca, el fin de lo que fue una sanguinaria guerra a quemarropa. La guerra civil con un pie reposado en la pared y con aire insolente apaga la última colilla a la vuelta de la esquina. Las manos aún parecen manchadas de la sangre del hermano, del tío o del padre; “no tuve elección, tuve que hacerlo”.
Guerra que se cobró más de 900.000 vidas y millones de desplazados, sometidos a caminos minados que se encapricharon con varios miembros del cuerpo de los afligidos peregrinos. “Samora, grande Samora” recuerdan apesadumbrados algunos; “ya compadre, pero no dejó de ser un dictador” otro se opone.
Aún se encuentran reminiscencias del líder estatal que los llevó de la mano a la proclamación de la independencia en 1975. “Si Samora Machel estuviera vivo…” apunta un anciano con voz trémula mientras sus ojos ya azulados se pierden en un camino no trazado.
Y es que Mozambique se sume en un periplo que carece de destino. Miles, millones de pasitos cada madrugada salen desordenados a malabarear con el día, a inventarse la manera de conseguir ese cuenco de arroz para que la familia pueda ir con el estómago templado a la cama hoy. Mientras, engañarán el cuerpo con algo de té.
Mozambique grita a los oídos a Guebuza. Demanda un líder que arranque de una vez la mirada de su ombligo glotón y que muestre un ápice de aprecio hacia los suyos, que coloque herramientas en sus manos, que surta de maquinaria al país para que puedan explotar sus propios recursos, invertir para la autosuficiencia, evitar que el mozambiqueño tenga que comprar “su propia energía” a África del Sur.
Un líder que se saque las manos de los bolsillos, que se levante de su oxidada butaca y tenga la osadía de mirar a los ojos al pueblo, y vea reflejada su figura rechoncha y burlona, sus zapatos de punta brillantes, sus abultadas cuentas bancarias y abundantes negocios en países colindantes, la trama de corrupción que permite que siga latiendo y enturbiando las calles del país, ese gigante vestido de muerte llamado sida ante el que negligentemente gira la cabeza mientras que el pueblo se consume en sangrante agonía: pómulos prominentes, ojos ahondados, cuerpos mermados…
Que avergonzado se postre delante de ellos, sus soberanos, y se de cuenta de que hoy, una vez más, lleva sin hacer los deberes al colegio, y que aunque sabe que hoy, una vez más volverá a quedar impune, se sienta culpable y decida o bien agarrar debidamente la batuta de dirigente y encarar la realidad que le compete (¿demasiado tarde?) o bien aceptar el relevo de una mente fresca y desinteresada.
Alguien con los colmillos bien afilados para morder fuerte la mano que le ofrezca dinero sucio, alguien con suficiente determinación para calcinar cada movimiento hecho por debajo de la mesa, alguien con la palabra comprensiva pero firme que el pueblo necesita escuchar para resurgir de las cenizas.
Mozambique necesita dar voz a otras opciones políticas (como Resistencia Nacional Mozambicana (REMANO), eterno adversario con el que generosamente se intercambió cañonazos en la guerra la Frente de Liberación Nacional (FRELIMO), antes de hacerse con el monopolio de la gestión estatal, o el embrionario pero prometedor Movimiento Democrático Mozambicano (MDM) ,que pese a que una mano que apesta a gobierno le aprisiona la boca cada vez que quiere hablar, el pueblo ha conseguido entrever un mensaje sensato y límpido en sus intenciones).
Después, la ciudadanía dictaminará; pero con pleno conocimiento de causa y con la opción a acceder a todo el abanico de posibilidades.
Itxaso Tellería Mugarra.

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