Viviendo con los Masai en Tanzania, por Itxaso Tellería Mugarra

Sí, fue en África; sí, fue en Tanzania, al norte, alrededores del Kilimanjaro, frontera con Kenya. Pero esto no va de territorios, ni ciudadanías, ni colores de bandera. Tiene que ver con montañas a veces verdes, a veces arrasadas porque el cielo anda parco en lágrimas.
Tiene que ver con una llanura donde cada mañana pastan cientos, miles de cabezas de ganado dirigidas por pastores con dientes de leche que difícilmente alcanzan a golpear con el palo el trasero del majestuoso buey.
Tiene que ver con un tímido lago al que no le falta la visita nocturna de decenas de elefantes que sigilosamente acercan sus trompas sedientas; tiene que ver con orejas dilatadas y cortes en las mejillas, con velas encima de la mesa que cada anochecer atestiguan confesiones insignes, con comunidades constituidas alrededor del todopoderoso patriarca, con un enraizado antagonismo con el gobierno.
Esto no va de mapas, esto va de los Masai. Viví con ellos durante una temporada. Cada vez que lo recuerdo, mi cuerpo duele al tiempo que mi mente esboza una amplia sonrisa. Estuve expuesta, al igual que ellos, a todo tipo de mosca, mosquito, araña, escarabajo, ciempiés, pulga, polilla y cucaracha que se encuentra en el libro de biología más grueso de la biblioteca.
Las noches eran un constante rascar, los días los dedicaba a intentar imaginar cómo sería eso que tenía en la espalda que tanto escocía (creo que nunca he pasado tanto tiempo sin espejo). No había electricidad, no había agua corriente. Media jarra pequeña se traducía en limpieza de cara, manos y dientes. Unos tres cuartos de balde para los privilegiados días de “ducha”.
Minúsculos parásitos decidieron anidar dentro de mis pies; no uno, ni dos, ni tres… fueron cinco, tres en un pie y dos en otro. Las funsas (como los llaman ellos) que hicieron de mi carne su lecho y pretendieron hacer de mi sangre su fuente. Una oportuna aguja pilotada por la destreza de Senhorita, una joven massai de nombre peculiar, les privó de provar el abermellado elixir. Algunos, los más recientes, aún aguardaban dentro de una especie de pulpa blanca; pero los más atrevidos, los veteranos, ya se habían lanzado a la aventura de divagar por mis adentros.
Impresionaba verlos negros, brillantes, retorciéndose, dibujando espirales, intentando huir de la afilada estaca que amenazaba de muerte. Algunos incluso se habían tomado la libertad de incubar.  Empapamos de queroseno cada agujero abierto, los “huéspedes-sorpresa” no son bienvenidos aquí.
Itxaso Tellería Mugarra

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