“El diminuto Reino de Swazilandia” por Itxaso Tellería Mugarra

“Swaziland? Dirás Switzerland! Nada, debe ser una confusión. ¡Ese país no existe!”. Justo entre Mozambique y África del Sur, con una superficie de 17.363 km² y una población de menos de millón y medio de personas.
En el centro de su bandera luce un escudo africano teñido en negro y blanco, con un par de lanzas de fondo. Se trata del “armamento” del que se valieron los Sotja (soldados) swazis en la Segunda Guerra Mundial.
Los colores indican la harmonía racial que actualmente se respira en todo el microscópico territorio. Rebordes azules, representativos del cielo; dos franjas paralelas amarillas, que son el oro, la riqueza mineral del país. Finalmente, inunda todo el fondo central un color rojizo, símbolo de la tierra fértil de Swazilandia.
“¡Basura! La sarta de mentiras que se leen por ahí sobre nosotros, sobre la cultura swazi; y todo por impresionar, por impactar, por ser novedoso, original ¡por vender!” Masindla, el señor de la casa donde me estoy hospedando, vehemente e impulsivo como buen africano, se despacha a gusto sobre “toda la telenovela que se han montado los medios” sobre el Umhlanga, una de las ceremonias con más eco de su tierra.
Tiene una revista en la mano, está doblada por la mitad y me muero de curiosidad por descubrir eso que tanta aversión ha causado en él.  El Uhmlanga acontece en Agosto o principios de Septiembre cada año.
Se trata de un evento que atrae a jóvenes a todo el reino, más de 20.000. Durante una semana, las adolescentes recogerán juncos (planta estilo caña, típica en Swazilandia) de áreas específicamente seleccionadas. Las mayores recorrerán largos recorridos para dejar a las más jóvenes encargarse de dicha tarea en las cercanías de sus aldeas.
Por Itxaso Tellería Mugarra

Comments are closed.