¿Y por qué no va a jugar mi hijo de portero? Por Juanma Velasco

No lo duden. Un periodista deportivo siempre ha querido estar al otro lado. No se fíen de aquel que le cuente que lo suyo es vivir el deporte con objetividad. Eso, y menos en el fútbol, no existe. Todos los que un día nos hemos puesto frente a un ordenador para escribir de esta historia del balón, que trasciende lo que es el deporte, siempre hemos tenido la pasión de ser futbolistas.
Quizá con los años entrenadores y claro, esta es la forma más cercana de disfrutar del día a día de un equipo profesional, aunque muy a nuestro pesar siempre exista una cristalera y hasta un parapeto entre lo que se cuece en el vestuario y el resto del mundo.
Conocí a Jon en Lezama, como entrenador de porteros, y siempre con una cierta distancia. Educación en el trato, pero sin oportunidad para entablar confianzas. Quién podía asegurar que años después tengo a Jon como un referente de superación, equilibrio, trabajo, compromiso…
Y quién iba a decir que es así pese a que en todo este tiempo tampoco la palabra ha sido nuestro fuerte, puesto que no ha habido mucho más que algún intercambio de correos electrónicos, tweets y fotos reclamando que puede que no haya mejor frase en el mundo que el fabuloso lema  “The Sky is The Limit”.
Pero el fantástico cuaderno de bitácora humana que ofrece en su web, provoca que la lectura de lo que ocurre alrededor del goalkeeper coach de los Mamelodi Sundowns me haga sentirme muy cerca. Y con ganas de contar que yo también quise ser portero. ¿Por qué no?
En lo único que gano a Jon en una portería es en que soy un año mayor que él. Bueno, y en otro aspecto muy importante que habrá que desvelar más tarde. En el resto de comparaciones, salgo perdiendo. Por goleada. Para empezar, mi carrera bajo palos no pasó de los cuatro años. Teniendo en cuenta que comenzó a los 11, no se puede decir que haya disfrutado de muchas experiencias, pero me doy por satisfecho. Arranqué en los alevines del Arenas, cuando lo del fútbol 7 no estaba inventado y, por tanto, las porterías tenían la misma anchura y altura que la de los profesionales.
Así que en esas condiciones, no es de extrañar que a nada que las cosas fueran raras, volvías a casa con una colección de goles en el zurrón. Si volvías, claro: una vez, en el viejo Gobela, nos empapelaron seis goles en la primera mitad y me dio un perrenque en el vestuario.
El técnico tuvo que reclamar a mi madre, que estaba en la grada, para que intentase que volviera al campo ya que yo amenazaba con ducharme porque mis compañeros no hacían otra cosa que afear, como buenos niños que eran, un par de cantadas en dos corners consecutivos. Me duché y en la segunda mitad un jugador de campo tuvo que ponerse portero.
Los años pasaron y con esos antecedentes habrá que suponer que lo que siguió tampoco fue espectacular, pero si cierro los ojos todavía me acuerdo de alguna parada que jalearon en la grada (en mis oídos atronan aplausos de centenares de personas aunque juro que en ese partido invernal no había más de quince tipos fuera del bar).
También tengo muy presente el olor del réflex y las botas Marco. Sí, aquellas con un refuerzo blanco en el tobillo, y los precarios guantes de portero que había para los chavales. Dejé de jugar, hasta que llegaron las pachangas navideñas en Lezama en las que el ejército de periodistas nos mediamos a los técnicos de Lezama, pero nunca perdí de vista a la portería y sus integrantes. Sobre todo en los entrenamientos y en los métodos de cada técnico de porteros que ha tenido el Athletic  en los últimos quince años.
Alguno lo verá como una curiosa desviación, pero siempre me gusta tener un ojo en la portería. Incluso hasta para ver cómo celebran los goles de sus compañeros. En este tiempo he entablado complicidad con muchos porteros  hasta el punto de sufrir con ellos en determinadas circunstancias. Muy dentro de mí, aunque sea aparcado, hay un portero.
Y solo eso, seas bueno, malo, regular, muy malo o internacional, hace que tengas esa neurona diferente que te hace sentir de otra manera. Todavía hay más, lo único en que gano a Jon. Pablo, mi hijo el pequeño, que acaba de cumplir 9 años. Es un zurdito gracioso que hace año y medio decidió cambiar la banda y la posibilidad de meter goles por ser portero.
Y ahí seguirá, porque nunca olvidaré la cara que puso cuando pidió mi aprobación a su voluntad de ser guardameta. Y por qué no, le respondí. Un par de amigos suyos habían recibido un “no” por respuesta de sus padres, así que temía que su aita iba a fallarle. Pero no, le dije que lo intentara y que entrenara cada día más porque de lo contrario nunca iba a disfrutar.
Y sí, igual que el padre, también ha llorado después de perder un torneo (si yo cierro los ojos y escucho aquellos cientos de aplausos por una parada magnificada tras el paso del tiempo imagino que será para él caer a los penaltis en una final de escuelas de fútbol) pero la ilusión en su cara cuando va a cada partido o entrenamiento lo dice todo. Peor lo lleva la madre. Pero esa, es otra historia. Y ¿Por qué no?
Juanma Velasco
¿La frase para la mañana del día de hoy? “No le evitéis a vuestros hijos las dificultades de la vida, enseñadles más bien a superarlas” (Louis Pasteur).

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