La experiencia de jugar en la ciudad de Potosí, por David Dóniga Lara

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La experiencia de jugar en la ciudad de Potosí, por David Dóniga Lara

Seguramente sea la única vez que experimente una realidad como ésta. No creo que haya una ciudad en el mundo tan condicionada para la práctica del fútbol. Nunca había ido a jugar un partido en peores condiciones. Y sin embargo, ganamos.

Nos tocaba jugar la 5º fecha del campeonato de clausura “Copa Tigo”, en Potosí. Esta ciudad, ubicada al sur de Bolivia, fue importante en la época colonial por el Cerro Rico. Montaña que, seguramente por casualidad, fue descubierta como un mina de plata y explotada, sobretodo por los españoles, creando una ciudad y generando una economía entorno  a ella en el siglo XVI.

Esta ciudad tiene un aeropuerto, pero no funciona todo el día. Sus hoteles u hospedajes no son del gusto de los jugadores, por lo que para jugar allí se decide pernoctar en una ciudad cercana: a dos horas y media… ¡En taxi! Dicha ciudad, Sucre, es la capital oficiosa del país aunque La Paz tenga la sede del gobierno.

Llegamos a Sucre en avión, desde Cochabamba, y en el primer y único vuelo del día (9:00 h. de la mañana). La entrada a la ciudad por aire se hace por un corte entre montañas específicamente hecho para el aeropuerto, dificultando a veces los vientos el paso de los aviones.

El partido sería el día siguiente, por la tarde, el riesgo de perder el único vuelo del día así como el obligado transporte terrestre hasta Potosí desde Sucre obligaba a viajar el viernes para jugar el sábado. El alojamiento en Sucre era genial. Buen clima, casa colonial restaurada, piscina… Una preciosa ciudad que podíamos permitirnos el lujo de ver, tanto en la tarde del viernes, tras el entrenamiento, como durante la mañana del sábado.

Pero vamos a lo realmente curioso y que nunca había vivido, y dudo que vuelva a vivir en otro país. Para llegar al partido en hora (18:00 h. de la tarde del sábado) la expedición comió a las 12:00, descansó hasta las 14, y a esa misma hora, emprendió viaje a la ciudad de la plata en taxis, por tríos, hasta completar el total de componentes del equipo: sí, en taxi.

Nunca había ido en taxi a un partido, durante dos horas y media, subiendo hasta más de 4000 metros de altitud. Con taxistas que parecían tener más prisa que nosotros para llegar al partido. “Tranquilo, que hasta que no lleguemos nosotros no empieza el partido”, le decía yo al mío. Pero parecía importarle poco. No sé si tenía un “plus” por llegar en hora, pero subir por esas carreteras sin “quitamiedos” a 120 km/h. empezaba a resultar incómodo ya en la primera curva.

Recuerdo que a nuestro ayudante Marcelo le “mataban” de risa nuestros comentarios “radiofónicos” al estilo “Javier Ares” sobre nuestro ascenso cual “serpiente multicolor” en el tour, la vuelta o el giro, cada vez que adelantábamos a otro taxi en la subida: ¡Hay volata!, ¡Se escapa Perico!, ¡Demarraje del coche de los españoles!, ¡Un boliviano y dos españoles se juegan la victoria de etapa!.

Al principio nos reíamos. Pero cuando al llegar a la llanura que antecede a la subida a Potosí (increíble paraje de cadena montañosa interminable a más de 3000 metros de altitud) nuestro taxista empezó a adelantar a otros taxis a más de 150 km/h, en un coche en dudoso estado y sin cinturones de seguridad en la parte de atrás Marcelo Carballo, sacó el temperamento boliviano y le dijo al compatriota:

“Puta (expresión exclamativa típica boliviana), baja la velocidad o no te pago. Y a la vuelta tomamos otro coche, carajo”. Parece que lo que no había servido con indirectas por nuestra parte, surtió efecto con las palabras de Carballo. Y llegamos sanos y salvos.

Ya os digo, es alucinante subir a Potosí. A donde la gente va a hacer turismo, nosotros nos íbamos a jugar la “vida” futbolística tras nada más y nada menos que casi tres horas de ascenso a 4000 metros en taxi, viendo llanura, precipicios, llamas y parajes naturales sobrecogedores. Fácil perder la perspectiva. Fácil despistarse y no saber lo que ibas a hacer allí.

Pero nosotros fuimos, competimos, y vencimos. Una victoria es un bálsamo. Volver a Sucre con una derrota hubiera sido el viaje más duro de mi vida. Tras la cena, felices, retomamos los taxis para llegar de madrugada a nuestro hotel. Otras tantas horas, esta vez de noche, con los mismos conductores, pero con diferente rostro. Parecían flemones lo que tenían en los carrillos. ¿Qué tienen? Hojas de coca. Las mastican, extraen su jugo y las dejan en sus carrillos para ir sorbiendo.

Les sirve para mantenerse despiertos: les activan. Si el paisaje de ida era espectacular, volver por una llanura, adornada de picos de 5000 metros, en cordillera que rodea,  completamente iluminada por una luna llena que parece un sol, no tiene desperdicio. Sólo sentía la gratitud a la vida por permitirme disfrutar de ese maravilloso interminable momento, fundidos con la más pura naturaleza, en estado salvaje, sin aditivos, sin contaminantes. Gracias a la vida. Y gracias al fútbol.

Nuestra aventura en Bolivia ha sido breve, tan sólo tres meses. La decepción es grande cuando a un técnico se le contrata con ilusión (menos siempre que la que uno lleva en la mochila) y no se cumplen objetivos. Ya digo que el hecho de levantarte cada día para hacer lo que más te gusta es el verdadero éxito, pero en un mundo de exigencias como éste, para seguir disfrutando del mismo, hay que ganar.

Aparte de eso, olvidaré todo lo malo. Olvidaré que he pasado una fiebre tifoidea por la manipulación de los alimentos y las condiciones insalubres del agua corriente. Olvidaré que la adaptación no fue fácil, pues un mes y medio enfermo, sin fuerzas, sin casa propia, durmiendo en hotel o en la casa del míster, pero yendo a trabajar cada día para no dar la imagen de falta de profesionalismo es muy duro.

Olvidaré que bajo algunas condiciones es muy difícil “exprimir” a una plantilla, olvidaré la “triste aventura” de salir escoltado del estadio en coche patrulla; olvidaré la intromisión del presidente y la directiva en nuestra vida personal cuando estás en el otro lado del planeta, lejos de tu familia y le dedicas a “su club” 25 horas al día… Y lo olvidaré porque también forman parte de estos apasionantes tres meses de mi vida.

Lo más negativo de este artículo está en asuntos meramente deportivos, y todo lo que tiene que ver con lo “extra” no se menciona con rencor, sino con ánimo de crítica y mejora. Creo que en la vida siempre ganan los buenos. Y si todavía no han ganado, es porque la partida no ha terminado.

Si un grupo de maleducados desestabiliza un club, un cuerpo técnico o un grupo de jugadores con sus comentarios, acciones o manifestaciones públicas, se les hace más caso, por el ruido y el miedo que a la mayoría. Una mayoría que vive de acuerdo con una situación, educada y comprensiva, y que no sólo no genera incertidumbre en el entorno (prensa, resto de afición o directiva) sino que, además, apoya, acompaña, entiende, y anima en las buenas y en las malas a jugadores y técnicos.

Eso es lo que me llevo de esta experiencia. Además del crecimiento y desarrollo profesional, el debut en la élite, el trabajo diario y el ensayo error sobre metodologías, tareas, nuevas rutinas o aplicaciones, me quedo con las personas. Aquellas que te han acogido en su país, a 10.000 km. de los tuyos, y te han dado su cariño.

Aquellos que han ofrecido su casa, su comida o su transporte. Aquellos que han valorado tu profesionalidad y te han admirado porque lo que traes es una aportación diferente, útil, necesaria para ellos. Aquellos que se han acercado a hacerse una foto, a pedir un autógrafo o a firmar una camiseta por formar parte de su vida (aunque sea una efímera parte de la misma).

A Sergio Zeballos, al que deseo un futuro prometedor entrenando. A Freddy Bolívar, por su implicación en el aprendizaje y su cariño. A Erlan García, por sus ganas de aprender como periodista y como aficionado, al que debo agradecer su ayuda en la grabación de mis cursos de “Planificación Futbolística”.

A Pablo y Marco, taxistas que nos hicieron la vida más fácil. A Marce y a Chile, por su compañía, apoyo y fidelidad mientras trabajamos juntos, a los que espero haber dejado un poso de conocimiento similar al que me dejaron ellos a mí.

Y sobre todo a los jugadores, que soportan críticas por todos lados, injustas siempre, y que han intentado trabajar sobre un modelo nuevo, sobre un trabajo futbolístico al que no estaban habituados. Un trabajo que han tardado en comprender, pero que estoy seguro de que les va a ser muy útil en el futuro para ser mejores.

A todos y a muchos más, para los que hacer nombramientos individuales hará injusticia por dejarles de nombrar a los demás, gracias. Los resultados dependen de mil factores, y seguramente si el equipo no ganaba, la responsabilidad se debía de repartir entre todos, pues todos fallaríamos en algo. Pero la satisfacción me la deja el que, al mirarles a los ojos, sólo se aprecia respeto.  En eso, en lo personal, no se ha fallado.

En lo profesional, nos vamos con la rabia del “no pudo ser” pero con la mirada limpia del que no ha traicionado a su grupo, del que ha defendido a muerte, peligrando su puesto de trabajo, a los futbolistas a los que dedica prácticamente todo el tiempo de su día.

A los artífices de que los entrenadores (que no ganamos nada; que sólo somos actores secundarios de una película en la que hace mucho que dejamos de ser protagonistas) tengamos éxito objetivo; a los que nos elevan o nos hunden; aquellos para los que realmente está montado este negocio. Y la verdad que, así, uno, puede dormir tranquilo. Ése es el verdadero éxito.
David Dóniga Lara
¿La frase del día de hoy? “Entre hombre y hombre no hay gran diferencia. La superioridad consiste en aprovechar las lecciones de la experiencia” (Tucídides).

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