Inmerso en la búsqueda del camino del cambio, por Borja Freiría

Mi nombre es Borja Fernández Freiría. Nací hace 28 años en Basauri (Bizkaia), pero por cuestiones “amorosas” actualmente vivo en Algorta, un pequeño pueblo costero a escasos 10 kilómetros de la capital Bilbao. Aún recuerdo cuando mi madre, tía o abuela hacían aquellos grandes esfuerzos por llevarme a entrenar o a los partidos. “Y es que el niño, quiere ser portero” decían…
Lo que no sabían era que años más tarde, aquel querer, aquella ilusión, acabaría siendo el estilo de vida que necesitaba para encontrar mi felicidad.  Con 18 años y tras una grave lesión en mi rodilla derecha decidí dejar el fútbol. Es en aquel momento cuando veo claro que mi vida tiene que seguir ligada a la portería y decido adentrarme en el mundo del entrenador de porteros.
Pero no sin antes plantearme unos objetivos realistas  a corto y  medio plazo.  Y es que de ilusiones, uno no puede vivir. Con 19 años ya estaba sacándome los carnets de entrenador, viajando, viendo a otros entrenadores entrenar etc… Y es en uno de esos viajes, cuando conocí a Jon, hará hace aproximadamente 9 años

Curiosamente lo hice en una tierra diferente a la nuestra, Vizcaya.  La espera hizo que enseguida entablásemos conversación. Por delante nos quedaba una semana de fútbol, portería y anécdotas, muchas anécdotas.  A 800 km de nuestras casas se inició una amistad que ha ido perdurando y consolidándose en el tiempo pese a los diferentes rumbos que han tomado nuestras vidas.Varios meses después de habernos conocido recibo su llamada ofreciéndome ser uno de los entrenadores que formaban parte de la Escuela de Porteros de la Fundación Athletic Club de la que él mismo era responsable y coordinador.

Tras dos años de estar trabajando juntos en aquella escuela, recibo también su propuesta para coordinarla, al tener el que abandonarla al ofrecerle el club el cargo de entrenador de porteros del equipo filial. En aquel momento y con 20 años, reconozco que se me pusieron de “corbata”. Por delante tenía un reto, un sueño y una buena oportunidad para demostrar que pese a mi juventud, con mis ganas de seguir progresando y mi inquietud, tenía cabida en uno de los clubs más importantes de cantera a nivel mundial.

Tengo que reconocer que mi aterrizaje fue el mejor posible. Respaldado por un grupo de trabajo y formado por lo que ya podían denominarse amigos. Me refiero a  Jon Pascua y Aitor Iru, este último ahora entrenador de porteros de la primera plantilla del Athletic Club de Bilbao pero que en aquel entonces formaba también parte del grupo de entrenadores de la escuela de la Fundación.

Por delante me quedaban 7 años de durísimo trabajo, como entrar a formar parte en Lezama como entrenador de porteros (cuando a Jon le nombraron responsable del proceso de formación de los porteros del fútbol base), coordinar el departamento de captación, ser responsable de un curso de formación para entrenadores de porteros, responsable de la planificación… fueron algunos de los puestos que desempeñé.

Mi salida de Lezama en enero del 2013 fue una decisión sencilla de tomar. Sentía por numerosas circunstancias, laborales y personales, que mi etapa en el Athletic  Club de Bilbao había finalizado.  En aquellos tiempos recibí también una propuesta de trabajo desde Qatar que finalmente no pudo concretarse y desde entonces no he trabajado para ningún club.

Llegados a este momento y frente al ordenador me debo a mi mismo hacer un gran punto y  aparte. Cierro los ojos, visualizo estos últimos años, e inevitablemente me sale un ligera sonrisa. Y es que la respuesta a todas mis reflexiones me lleva al mismo punto de partida: ¡Que afortunado soy!

¿Y porqué digo esto si en los últimos meses la vida me ha ofrecido una cara de la moneda aparentemente fea? Quedarme sin un contrato laboral con 27 años, ir al médico a hacer una prueba rutinaria y que me diagnostiquen cáncer de colón, miles de medicamentos, kilos de más en mi cuerpo,  tener que volver a casa con una mano delante y otras detrás, ser incapaz de terminar un entrenamiento porque me ahogaba…

Son motivos más que suficientes para mí y para muchos de definir a la vida como ¡Injusta! Durante muchos meses reconozco que caí en esa zona. Una zona en la que todo me parecía injusto, en la que todo me frustraba, en la que todo era de color negro, en la que no hacia otra cosa que quejarme. Así hasta que toque fondo.  Y creo que al igual que a muchas personas, llegados a ese punto e independientemente de cual sea el “problema” hay algo, no se qué, que te hace preguntarte: ¿Qué estoy haciendo? ¿Quiero que la gente me recuerde así? ¿Estoy mostrándome a mí mismo y al exterior quien soy verdaderamente? ¿Me lo debo?

A la primera pregunta respondí perder el tiempo. A la segunda y tercera un no. Y a la cuarta la ofrecí una nueva reflexión: ¿Qué estoy dispuesto a cambiar en mi vida para volver a retomar la ilusión? ¡Dicho y hecho¡ Y sin ser muy consciente del como, me encuentro meses después en uno de los momentos mas felices de mi vida.  He vuelto a retomar proyectos y promesas que se quedaron anclados en el pasado.

Uno de los que más me ha motivado es volver a plasmar mis ideas sobre el entrenamiento del portero en forma de libro. Un libro que tengo la esperanza de terminar próximamente y que trata sobre como construir un método para entrenar a porteros.  Lleno de reflexiones y sin ningún tipo de imposición, habla sobre lo que somos y quienes somos como entrenadores. Desde donde parte nuestro método, hacia  donde nos dirigimos con él, que buscamos y que provocamos.

Otro proyecto retomado es hacer crecer la escuela de porteros de la que soy fundador junto con Imanol Etxeberria. Todo un éxito para nosotros el haber crecido tantísimo durante el último año. Y sobre todo que nuestra idea guste, ilusione e inquiete a colegas de profesión.

En nuestra escuela de porteros tenemos claro cual debe ser y es nuestra principal esencia, que no es otra que la formación y aprendizaje. No importa tu aptitud como portero sino tu actitud de afrontar la portería.

El último reto es un reto más “loco” y quizá más personal. Por habérselo prometido un día a un familiar ya fallecido y demostrarme que soy capaz de esto y mucho más,  es acabar un triatlón el 21 de Junio en la localidad donde resido, Getxo.  Un reto que se debe a cuestiones éticas y morales pues di mi palabra en un determinado momento y las personas somos lo que demuestran nuestros actos. No lo que decimos.

Como entrenador de porteros creo que mi roll, método ó estrategia  se basa también en lo mismo. En facilitar, guiar, generar experiencias y provocar que el portero valore, decida e interprete. No juzgarle, sino empatizar con él sin generarle dependencia sobre mi figura… En definitiva exponerle, y que sea él el que vaya creciendo como portero con sus fortalezas y debilidades.

Y es aquí cuando me nace otra reflexión: Si esto es lo que busco como entrenador de porteros ¿Por qué no predico con el ejemplo? Muchos entrenadores ocupamos la mayor parte de nuestro tiempo en la acción, en el día a día, en ir “saltando” obstáculos. Y dejamos de lado la reflexión, un concepto determinante para definir la estrategia a seguir para nuestro crecimiento.

Escuchaba el otro día por la radio un debate sobre la evolución y el cambio a nivel global que el fútbol ha sufrido en la última década. Y como los entrenadores hemos ido afrontando ese cambio, viéndonos en la necesidad de adaptarnos para crecer a nivel personal y profesional.

Me llamaron la atención positivamente ciertos comentarios de algunos locutores y enseguida vi una correlación de vivencias fácilmente transferibles al día a día de los entrenadores. Y es que, en numerosas ocasiones, nos vemos obligados a lidiar con la expresión por parte de nuestros porteros de algo que parece ya una máxima en la vida “yo no voy a cambiar, no puedo”.

Expresión con la que me encuentro es un profundo desacuerdo. Pero antes de juzgar esta expresión conviene mirar hacia dentro intentado ser autocríticos con objeto de entender porqué a veces adoptamos estas posturas.

La sociedad nos dice que como entrenadores somos aquellos que mas sabemos de fútbol, sentando cátedra durante el desarrollo de nuestros entrenamientos o en los coloquios sobre fútbol con nuestros colegas de profesión. Aferrándonos a nuestras posturas sin escuchar, ni prestar atención a situaciones o sentimientos en los que nuestros porteros nos demandan ayuda a gritos.

Personalmente creo que a menudo nos desacredita nuestra continua persistencia en el error, en mantener en nuestra mente un concepto equivocado, y ocultar una realidad que no queremos ver. Las personas a lo largo de nuestra vida cambiamos , así que ¿Porqué no iba yo a hacerlo también? Por todo esto y mucho más, y sobre todo gracias a mi profesión de entrenar porteros, me siento un privilegiado. Porque gracias al fútbol y concretamente a la portería, mi vida tiene tiene un sentido; La felicidad.

Borja Freiría

¿La frase del día de hoy? “Las personas cambian cuando se dan cuenta del potencial que tienen para cambiar las cosas” (Paulo Coelho). Fotos: Borja Freiría durante su etapa de entrenador de porteros en las categorías inferiores del Athletic Club de Bilbao.

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