Entre muros de piedra, piscinas y ascensores sin un adiós ni un hola

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Entre muros de piedra, piscinas y ascensores sin un adiós ni un hola

Continuamos completando el diario con segundos, minutos, horas, días y semanas de experiencias y aventuras en un destino tan exótico como Filipinas, completamente adaptados al estilo de vida de la ciudad de Manila.
Una ciudad repleta de gigantescos rascacielos, piscinas bajo ellos para aliviar el sofocante calor, y gran cantidad de ascensores que suben y bajan a las gentes que habitan (un servidor entre ellos) en estos espectaculares muros de piedra a los que aquí llaman “Condor”.
Edificios de entre 20 y 50 plantas con más de 10 apartamentos en cada una de sus alturas con entre 3 y 6 ascensores, que no paran de elevarse y descender, durante las 24 horas que tiene el día. Elevadores en los cuales apenas se socializa, y en los que ni tan siquiera se mantienen conversaciones triviales sobre el tiempo. También es verdad que no hay cambios bruscos en el clima (siempre caluroso y soleado excepto en la época de tormentas en la cual os encontramos) y poco hay que comentar.
A pesar de que no son largos los tiempos de espera, la sensación de vivir en la planta 24 o 36 se hace un tanto extraña. Sobre todo cuando desde que tienes uso de razón no has llegado a vivir más allá de lo que suponen las alturas de un segundo piso, y tu madre te lanzaba las llaves de casa por la ventana cuando se te olvidaban al salir de casa.
Los edificios son un subir y bajar de gentes a todas horas. También de madrugada, no por nada Filipinas es una de las grandes potencias de “Call Center” y la inmensa mayoría de los empleados de estas compañías viven de noche, cuando en Europa es de día. Ascensores a todas horas subiendo y bajando a gentes que apenas se miran ni se hablan.
Ni tan siquiera un “hola”, o en su defecto un “buenos días”, ni tan siquiera un “adiós”, o en su lugar un “hasta la vista”. Los ascensores van parando y abriendo sus puertas en las plantas seleccionadas por unos vecinos que apenas se miran ni se hablan y que van saliendo y entrando de los elevadores. Después de algo más de dos meses aquí y ante la poca o nula respuesta obtenida a mis “buenos días” y a mis “hasta la vista”, tengo que reconocer que ya prácticamente se me ha olvidado saludar cuando entro a los ascensores. Ni tan siquiera el abrir la puerta de acceso al edificio a una señorita es a veces motivo de agradecimiento, o provoca una simple mirada complice a los ojos con un pequeño gesto de cabeza, por parte de ella, apreciando el gesto.
No obstante, nada de esto es una falta de respecto o educación. Todo esto viene provocado por las diferentes formas de vivir y la diferencia de culturas y jamás, en ningún momento, he hecho un juicio de valor por todo ello. Tal y como he dicho y escrito en numerosas ocasiones; cuando uno vive en diferentes culturas tiene que valorar las cosas no por los hechos, sino por las intenciones.
Recuerdo como a mi llegada a Sudáfrica muchos de los empleados del club pensaban que era una persona seria y ruda, al saludar únicamente agitando la mano a mi llegada a las instalaciones todas la mañanas, cuando lo habitual para ellos era acercarse, mirarse a los ojos y darse la mano.
Al cabo de unas semanas el jardinero desmontaba de la máquina para recorrer 30 metros hacia mí con objeto de darme la mano a mi madrugadora llegada a nuestra Ciudad Deportiva. Yo caminaba los otros 30 de los 60 que nos separaban. A mi llegada; lo saludaba de lejos.
Así pues, seguimos acumulando experiencias, grandes experiencias, en esta preciosa aventura que es la vida. Una vida en la cual jamás podré decir aquello de que pisé de puntillas. Seguramente mi estilo, filosofía y forma de vivir la vida me obliguen a ser fiel a unos votos similares a los del santo sacramento del matrimonio, en los cuales se promete aquello de amar y respetar a la prometida en la prosperidad y en la adversidad, en la riqueza, en la pobreza, en la enfermedad y en la salud hasta que la muerte nos separe.
¿La frase del día de hoy? “Me doy cuenta que si fuera estable, prudente y estático; viviría en la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, por que ése es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante” (Carl Rogers). Desde Manila (Filipinas), como siempre con amor mucho amor el “Profe”, también conocido por algunos, sólo por algunos, como Jon Pascua Ibarrola.

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